La ruta de ensueño a lo largo de la costa
El Nordeste brasileño reúne una de las rutas costeras más espectaculares del mundo, uniendo ciudades históricas, dunas gigantes, lagunas de agua dulce y pueblos donde las calles simplemente no existen, sustituidas por la arena. Un viaje completo suele empezar en Recife o en Fortaleza y avanzar hacia el oeste, o el camino inverso, entrelazando paisajes que van de lo urbano colonial al desierto tropical, siempre bajo un clima cálido durante todo el año.
Recife y Olinda: la Venecia brasileña y el sitio histórico
Recife recibió el apodo de Venecia brasileña gracias a los ríos, puentes y canales que atraviesan el centro de la ciudad, especialmente en el barrio de Recife Antigo, donde las casonas coloniales conviven con bares, museos y una animada vida nocturna junto al mar. A pocos kilómetros de allí, Olinda, Patrimonio Mundial de la UNESCO, encanta con calles empedradas, iglesias barrocas y casas de colores; el mirador de Alto da Sé ofrece una de las vistas más bellas de todo el litoral nordestino, con el horizonte de Recife de fondo.
Natal: las dunas de Genipabu y las playas de Pipa
En Natal, el paseo por las dunas de Genipabu es casi obligatorio: los buggies bajan las laderas de arena con emoción o sin emoción, según la preferencia de cada grupo, y los paseos en dromedario completan la experiencia junto a la laguna. A una hora y media al sur se encuentra Pipa, uno de los destinos más encantadores del litoral de Rio Grande do Norte, con acantilados rojizos, piscinas naturales y la famosa Bahía de los Delfines, donde es habitual avistar delfines nariz de botella nadando cerca de la costa en las primeras horas de la mañana.
Jericoacoara: el pueblo sin calles entre las dunas
Fortaleza funciona como la principal puerta de entrada a Jericoacoara, un pueblo que se convirtió en leyenda entre los viajeros precisamente por no tener calles asfaltadas: la arena lo cubre todo, y uno se desplaza a pie, en buggy o en carreta. Las lagunas de agua dulce entre las dunas, como la Laguna del Paraíso, invitan a descansar en hamacas colgadas entre cocoteros, mientras que la Duna de la Puesta de Sol reúne cada noche a vecinos y turistas para aplaudir el atardecer, un ritual tan puntual como el espectáculo de kitesurf que colorea el cielo durante el día.
Lençóis Maranhenses: un mar de dunas blancas con lagunas de esmeralda
Más adelante, entre las localidades de Barreirinhas y Atins, los Lençóis Maranhenses forman un paisaje único en el planeta: miles de dunas de arena blanca esculpidas por el viento, salpicadas de lagunas de agua de lluvia en tonos turquesa y esmeralda. El período de mayor nivel de agua va de junio a septiembre, cuando lagunas como la Laguna Azul y la Laguna Bonita alcanzan su volumen máximo; los paseos en 4x4 y las caminatas guiadas llevan a los visitantes al corazón del parque, donde es posible nadar entre las dunas.
São Luís y Alcântara: azulejos, reggae e historia colonial
El viaje puede concluir en São Luís, capital de Maranhão y Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, conocida por sus fachadas cubiertas de azulejos portugueses y por una escena musical de reggae tan intensa que le valió a la ciudad el apodo de la Jamaica brasileña. Una travesía en barco por la Bahía de São Marcos lleva hasta Alcântara, un pueblo colonial prácticamente detenido en el tiempo, con ruinas de iglesias y casonas que cuentan la historia del antiguo auge del algodón.
Cuándo viajar y cómo planificar
El Nordeste mantiene temperaturas altas durante todo el año, generalmente entre 26°C y 32°C, aunque el período de lluvias varía según el estado, concentrándose casi siempre entre marzo y julio. Una ruta completa requiere entre diez y catorce días, combinando vuelos entre las ciudades principales con traslados en 4x4 o buggy en los tramos más aislados, como el trayecto de Fortaleza a Jericoacoara, que dura entre cinco y seis horas. Conviene reservar el alojamiento con antelación en temporada alta, entre diciembre y febrero, cuando la demanda se dispara en los destinos más solicitados.